Las prisas no son buenas

Hace tiempo que decidí quitarme el reloj. Aún así, miro la hora en el móvil mucho más de lo que me gustaría. A veces pienso la cantidad de veces que les digo a las niñas: “Venga, vamos, que se nos hace tarde” “Date prisa, que no llegamos” y me gustaría ser capaz de parecerme más a ellas. Los niños pequeños no tienen noción del tiempo, no saben qué significa mañana o ayer, ni si es pronto o tarde. Hay momentos en los que necesitamos ser puntuales (una cita en el médico, llegar al colegio…) o fijar unas rutinas, que les vienen muy bien (siesta más o menos a la misma hora, baños, cenas…), pero hay otros en los que no importa el tiempo, y, sin embargo, parece que siempre tenemos prisa. ¿Importa cuánto tiempo tardemos en volver del cole si no tenemos nada en toda la tarde? ¿No es bonito tardar una hora en llegar si por el camino hemos recogido hojas y palos, hemos saltado en un charco, hemos hecho equilibrios en el bordillo o hemos subido y bajado 20 veces las escaleras? ¿No merece la pena madrugar un poco más y poder dejar que ellos se esfuercen en vestirse solos, desayunar charlando tranquilamente o jugar unos minutos antes de salir de casa?

E igual que tenemos prisa en nuestro día a día, parece que también la tenemos en ir quemando etapas. Algunos tienen (o tenemos, me incluyo en ocasiones), ganas de que ya gateen, o de que coman algo diferente a la leche, o de que dejen de usar el cuco y pasen a la silla. A veces les compramos la bici cuando aún no llegan al sillín o los patines cuando aún no caminan bien. Yo os digo que el tiempo pasa más rápido de lo que parece y que una vez que pasa, la infancia no vuelve. Así que os propongo vivir el momento: aprovechar cada ratito de brazos, porque enseguida gatearán y no querrán que los cojamos; darles todo los besos que podamos, porque enseguida tendremos que pedirles permiso para hacerlo; pasarles a la silla cuando sean tan grandes que no quepan en el cuco y cambiarles la silla del coche (de esto hablaremos otro día) cuando hayan alcanzado el límite máximo. Os propongo también vivir un día como un niño, “olvidarnos” del reloj y disfrutar el momento, comer cuando tengamos (o tengan) hambre y dormir cuando tengamos (o tengan) sueño: a demanda. Aunque sólo sea de vez en cuando, merece la pena hacerlo. Y cito aquí una frase de Bei de Tigriteando que me encanta: “los días son largos, pero los años son cortos”.

Disfrutemos del momento

 

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